Fotos
Pensando fuera de la IA: Capítulo 2
Existen muy pocas fotos de mi papá, incluso para la época en la que vivió. Y es que era él quien estaba siempre detrás de la cámara.
Además de comprar, le encantaban dos cosas: la foto y la tecnología. Así que cuando salió la cámara digital fue de los primeros en tener una. Sin duda, era un early adopter.
Lo menciono, porque mi papá era lo que podía decirse entonces un “aficionado” de la fotografía, algo que hoy tiene un significado muy distinto. Antes, un observador con una cámara tomaba fotos verdaderamente espontáneas del resto del grupo y solamente a veces pedía poses.
En estos tiempos locos, todos tenemos una cámara en la mano y pausamos hasta la primera cucharada para dejar constancia de un momento que no volveremos a revisar. No hay conciencia ni afición. No hay razón. No meteríamos esa foto de la pizza en un álbum.
Cuando hablamos de los trabajos o las actividades que quisiera delegar a la IA, me viene a la mente la organización de archivos, fotos incluidas. Yo conozco a muy pocas personas que depuran y ordenan los teras de imágenes que tienen. ¿En qué momento?
El otro día vi un video de una chica que le muestra a su mamá fotos viejitas a las que les agrega una persona o elemento con IA. Al preguntarle quién o qué es, la mamá le da una explicación. Como si hubiera ocurrido. Como si lo tuviera en su memoria.
Eso me recordó un reportaje que hizo The New Yorker hace tiempo sobre la doctora Elizabeth Loftus, una psicóloga súper influyente y también polémica por participar en juicios como el de Harvey Weinstein.
Su trabajo, según The New Yorker, habla sobre la maleabilidad de la memoria. “Nuestra representación del pasado adquiere una realidad viva y cambiante. No es fija ni inmutable, no es un lugar en el pasado escrito en piedra, sino algo vivo que cambia de forma, se expande, se contrae y vuelve a expandirse, una criatura semejante a la ameba”, cita la revista.
Un estudio de 2013 realizado por la psicóloga cognitiva Linda Henkel descubrió que fotografiar objetos puede perjudicar la memoria. “Cuando los participantes del estudio tomaban una foto de cada objeto en su totalidad, recordaban menos objetos y menos detalles sobre ellos y su ubicación en el museo que cuando simplemente los observaban sin fotografiarlos”.
Si bien no hay gran misterio en el hecho de que cada quién tiene su versión de la historia, la ciencia detrás es maravillosa.
Ahora, ¿qué tal si además esas versiones tienen “pruebas”? ¿Quá pasa con las historias que nos contamos a nivel personal y colectivo? ¿Cómo funcionará el nuevo “efecto Mandela”?
A medida que mis hijas han crecido, he pensado mucho sobre las fotos. Mi primera hija probablemente tiene una foto por cada día de su vida hasta los 4 años. La segunda, no tanto. Porque he ido aprendiendo que esto es una verdadera tontería, una locura por donde se mire. Que grabar el festival versus mirarlo es mucho más valioso para ambas. Que no compartirlo en redes es lo mejor para su futuro.
Y he tratado de llevarnos al mundo físico otra vez con álbumes. Porque el acceso a mi archivo digital es personal y la felicidad de las fotos está en sentarnos a crear el álbum, platicar lo que vivimos y compartirlo con quien llegue a nuestra casa.
Tampoco crean que tengo miles, hemos hecho como tres...
No sé si eventualmente le dejaré a la IA ordenar mis fotos. Por lo pronto, sigo luchando con el impulso de sacar el cel cada que mis hijas hacen algo que me sorprende, me divierte o me conmueve, porque eso pasa todos los días, pero no debería quedar otra constancia más allá de mi memoria de mamá.
Que mi papá se fue con pocas fotos. Pero yo no me quiero ir con pocos recuerdos.



